En ese contexto, la obra del dramaturgo argentino Mario Diament se ocupa de las sensaciones contradictorias del alma en plena época del nazismo, donde los sentimientos más profundos no escapan a la contingencia de la época, pero manteniendo una matriz de reacción que acompaña a la historia espiritual de la humanidad.En segundo turno, presencié la película "Swastika" de Philippe Mora, esto en el marco del BAFICI. En la misma, se presentan imágenes (sorprendentemente para mí, muchas en colores) de momentos de Hitler no solamente a nivel político sino también personal, donde se lo puede ver de manera distendida en su mansión de los Alpes junto a Eva Braun y demás allegados, hasta las presentaciones en el marco de los JJ.OO. de Münich. El valor documental es indiscutible y la canción que cierra la obra merece un párrafo aparte, aunque acá no lo esté. La pregunta que queda flotando reviste a la no-visión de un futuro que se aproximaba, y que para pocos era predecible. Me encargo de pensar en varias "p": de previsión y proyectualidad acerca de lo que despertaba Hitler en el pueblo alemán, con todo lo que se venía acunando luego del Tratado de Versalles. Y la "p" de programa y proyecto, aquellas ideas que no se ocultaban desde la retórica y tampoco desde la escritura, como en el caso de "Mi lucha". En la obra de Diament antes mencionada, Osmar Núñez hace una representación brillante sobre la ingenuidad a la que apelaría Heidegger cuando Arendt lo intimida sobre estas cuestiones, cercando la imposibilidad de desconocer el carácter apocalíptico del nacionalsocialismo.
Me queda una reflexión sobre todo lo sólido que se desvanece en el aire: el poder puede dejar de ser poder y arrastrar ciudades y fortalezas, en la misma medida que el amor fuerte puede transformar grandes espíritus en almas carenciadas.

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